viernes, 2 de diciembre de 2011

AQUELLAS NAVIDADES DE LOS AÑOS CINCUENTA

     Al llegar a una cierta edad, como es mi caso, en estas fechas nos vienen a la mente muchos recuerdos de nuestra niñez donde aparecen muy vivos los momentos más gratos y las personas con las que convivíamos y las compartíamos. Muchos han desaparecido ya solo unos cuantos aun siguen en este convulso mundo y con éstos quisiera compartir algunas anécdotas.
      En los primeros años de la década de los cincuenta yo asistía a la Escuela Nacional del pueblo, la que hoy es un Consultorio médico y entonces era la "escuela de Don José", cuando llegaba el 21 de Diciembre nos daban Vacaciones, salíamos de la clase gritando como locos, llegaba a mi casa tirando la cartera de cartón prensado con los lápices Alpino, la goma de borrar Milán rota o mordida, el palillero con la pluma doblada, el cuaderno de una raya y la Enciclopedia Álvarez de 2º Grado. No volvería a clase hasta después de los Reyes y eso suponía una eternidad. En la clase de al lado, la de las niñas de Dª Mercedes, habían montado una función de teatro y , entre otras actuaciones, Chari Bolaños tenía que cantar el "Tani, mi Tani que mi Tani.." pero era tal el nerviosismo que tenía por la presencia de tantas personas que rompió a llorar y no había forma de que iniciase la canción. Tenía un magnifico timbre de voz y una gracia impropia de su edad, aparte de la belleza que nos hacía a muchos tartamudear en su presencia, pero no salía al escenario y ello colmó el vaso de la maestra (genio y figura) que utilizando sus "dotes persuasivas" la hizo entrar en razón para que nos deleitara con su cante y la aplaudiéramos al terminar. Ella, siguió sollozando presa del mal rato que había pasado.
    En mi casa, bajo a dirección de mi madre y con la ayuda de algunos amigos,, todos los años montábamos, en el zaguán, el Portal de Belén. Eran muchas figuras de barro, casi todos los años estrenábamos alguna, que entre caminos de serrín, canalillos de agua y papel de plata, montañas de bornizo y ramas de romero se complementaban con el Nacimiento, los Reyes pasando el puente, los pastores con sus ovejas, las hilanderas, el horno de pan, el Castillo de Herodes y sus malvados soldados degollando niños (su vista nunca nos produjo trauma alguno), los patos en el rio y el hombre del arado. Días antes ya habíamos ido por musgo, madroñeras y otros adornos naturales con mi buen amigo Joaquinito (Joaquín el de Vitoria "la Rubia") y mi primo Vicente (q.e.p.d.). Muchas personas solían visitar el Belén de mi casa.
 
      Llegaba el día de Nochebuena y esa noche en cada casa se cenaba lo que la economía familiar permitía: unos con un pavo (los más pudientes), otros con un pollo (algunos más) y el resto con lo que les permitía su depauperado bolsillo. Antes, al llegar la noche, los chavales habíamos quemado nuestros ciriales en la calle. Los más pequeños encendían los de "camonita" (un ramillete de varas largas terminadas en unas bolitas que se consumían muy lentamente) y los mayores con los de hojas de castaño prensadas entre dos corchos atravesados por un largo alambre. A pesar del fuego que desprendían no recuerdo ningún accidente importante, salvo alguna que otra chamusquina del pelo. Después de la misa del Gallo cada familia o reunión de amigos continuaba su fiesta hasta que el cuerpo lo permitía. Los efectos del alcohol, sobre todo en los jóvenes, se visualizaba en las calles en el amanecer del día siguiente.
     Lo que todos esperábamos con ansiedad era la llegada de los Reyes y más en un pueblo, Higuera de la Sierra, con una Cabalgata que es insuperable. En los días anteriores y mientras se preparaban los utensilios de las carrozas, en una casa que tenía D. Domingo en la calle Cristo del Rosario, con escasos medios y gracias a los desvelos y la aportación económica que este hombre hacia junto con tómbolas, rifas y aportaciones voluntarias de algunos otros, todo era un constante ajetreo entre colaboradores y participantes en el desfile. Al mismo tiempo, los niños nos agolpábamos en las ventanas de "la Droguería" para ver la exposición de juguetes que allí se comercializaban y presenciábamos las disimuladas compras de nuestras madres, con la magnifica atención que les prestaban Eulalio y Juan, dos dependientes del comercio que poseían la gran virtud de la paciencia y la eterna sonrisa.
    Pasadas la Nochevieja y el día de Año Nuevo, con la mayor indiferencia debido a que su celebración solo consistía en tomar las doce uvas o pasas (según posibilidades), dado el ritual nacional-católico de la época, donde esta festividad se consideraba poco recomendable por su carácter pagano, llegaba el día 5 de Enero y aquellas Cabalgatas nos parecían insuperables, a pesar de ser repetitivas y escasas en medios materiales y económicos, con menos carrozas que las actuales y con los tres Reyes a caballo. Yo fui vestido de paje en una carroza con un traje que me estaba grandísimo, pero me sentaron en la parte delantera de la carrocería, pegado a su frontal, y pasé totalmente desapercibido; otra vez fui en un burro con angarillas llenas de  paquetes con juguetes ficticios. Una de las carrozas que más solicitantes tenía entre los mayores era la famosa Capilla. En su interior se reunían un grupo de jóvenes que empezaban cantando villancicos y terminaban el desfile "a gatas", efectos de la arroba de vino y el Martes Santo, entre los que siempre se encontraban algunos de los hermanos "Paulinos". En fin, que podría seguir contando muchas anécdotas pero el papel no me lo permite.¡¡Como añoro aquellos años...!!

2 comentarios:

  1. Amigo Pepe, me has vuelto en unos momentos a vivir nuestras historia de los años 50. Gracias Amigo

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  2. Amigo Pepe, me has vuelto en unos momentos a vivir nuestras historia de los años 50. Gracias Amigo

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